no le saca la vuelta a la ley

Marcel, el señor Swann cumple cien años

Por Paúl Llaque

[L]os días van cayendo poco a poco encima de los anteriores y, a su vez, los entierran los siguientes. Pero todos los días pasados se quedan depositados en nosotros como en una inmensa biblioteca donde hay libros más viejos, y algún ejemplar que seguramente nadie pedirá nunca.

    À la recherche… (volumen VI)

Publicado: 2013-11-14



Hace exactamente cien años, el 14 de noviembre de 1913, Marcel Proust publicaba con su dinero (la editorial Gallimard había rechazado su manuscrito) el primer tomo de la que habría de convertirse en la mejor novela del siglo XX.


Du côté de chez Swann es la primera parte de À la recherche du temps perdu (En busca del tiempo perdido). Traducida al español como Por el camino de Swann, Por la parte de Swann, Por el lado de Swann e incluso Por donde vivía Swann, el primer volumen de À la recherche… es el peldaño primordial de una arquitectura genialmente monstruosa y de sintaxis endiabladamente extensa en la que memoria e imaginación se alían para pergeñar vida convertida en ficción y ficción metamorfoseada en vida, en la que el tiempo, impertérrito, es una presencia invisible que arrasa con personajes, eventos, emociones, recuerdos y los recuerdos de recuerdos, y en la que la reflexión imaginativa y asombrosamente lúcida del narrador abarca una inmensa cantidad de temas esenciales para la condición humana.


Du côté de chez Swann empieza el extenso relato que es À la recherche du temps perdu y en consecuencia forma parte de esa catedral de catedrales en la que el microcosmos remite al macrocosmos, el bosque a la raíz, la partícula a la materia. Du côté de chez Swann integra la galaxia en la que sus planetas (es decir, las innumerables historias) se organizan y siguen en órbita por la fuerza de gravedad del sol (la memoria del narrador); para decirlo proustianamente: en una magdalena está contenido el universo. Querido Marcel, el siempre inmaduro señor Charles Swann cumple hoy cien años; ha superado de largo los cincuenta y uno que tú pasaste entre nosotros, te ha vencido en tiempo, a ti, que lo imaginaste y a tu modo lo encarnaste; enhorabuena, pensarás, pues Swann fue una de tus vidas posibles, aquella que implicaba el diletantismo artístico permanente, la frivolidad estética vana y enamoradiza, la pasión infundada y sin embargo auténtica por Odette de Crécy, y sí —reconoces— fuiste Swann antes de que acometieras, de firme, la aventura improbable de escribir una novela imposible como À la recherche….


Novela magistral por antonomasia, cuenta, cuenta y cuenta, y sigue contando, y cuando no lo hace, contrae un evento y lo atomiza, o examina un personaje y lo desmenuza al nivel de una autopsia, solo para expandir casi sin término el flujo del recuerdo, al que acompaña de la reflexión sobre lo focalizado o sobre las distintas perspectivas que se han alternado con el tiempo. Novela desmesurada, su cuerpo completo está integrado por casi un millón trescientas mil palabras, es decir, dependiendo del formato, entre tres y cuatro mil páginas, en las que cientos de personajes participan de la vida esbozados, dibujados, contrahechos, contrastados, reflexionados y hasta interpretados, pero sobre todo convertidos en personas con una psicología, un pasado y un presente, y unas aspiraciones, cuitas, alegrías y tragedias que identifican al lector o lo proyectan dentro de la amalgama general de la especie humana, gracias a una sombra omnisciente e invisible, que es la observadora y minuciosa imaginación del demiurgo narrador.


Novela absolutamente redentora, su creación advino con la muerte del autor. Proust no pudo rematarla con todas las correcciones que le hubiera gustado hacer porque la novela, su escritura, terminó acabándolo. Físicamente, claro está. En sus últimos años, Proust dedicó prácticamente las veinticuatro horas del día a escribir su obra. Fue el más osado de los valientes, pues lo invirtió todo para alcanzar una vida extensa e intensa no en su tiempo, sino en la imaginación intemporal de sus lectores. En sus últimos ocho años, Proust no vivía para escribir: vivía escribiendo, había revelado claramente los dos miembros de la ecuación: vida igual escritura, escritura igual vida. Solo paraba cuando, de tanto en tanto, se quedaba dormido por agotamiento o debilidad, o se detenía para recibir, a regañadientes, un bocado o una medicina, o para ir al baño. Vivía inmerso en su departamento protegido de la luz solar y del ruido externo con las paredes cubiertas de corcho, por lo general acostado o sentado en su lecho, sin saber si en ese momento era día, noche, tarde o madrugada, pues pensabas, como escribiste en el séptimo y último volumen, que «los libros auténticos tienen que ser hijos no de la plena luz y la charla sino de la oscuridad y del silencio». Pero también porque habías descubierto y sobre todo experimentado que era el tiempo el único señor y dueño de la creación, el tirano que veía desfilar cientos de miles de vidas que desaparecían inmersas de él (de tiempo), por lo que te propusiste expresar ese contenido en tu novela: «Si me diese siquiera el tiempo suficiente para realizar mi obra, lo primero que haría sería describir en ella a los hombres ocupando un lugar sumamente grande (aunque para ello hubieran de parecer seres monstruosos), comparado con el muy restringido que se les asigna en el espacio, un lugar, por el contrario, prolongado sin límite en el Tiempo, puesto que, como gigantes sumergidos en los años, lindan simultáneamente con épocas tan distantes […]».


Y ante el todopoderoso e invencible tiempo, la única respuesta es el arte: «[L]as excusas no figuran en el arte, pues en el arte no cuentan las intenciones […] el arte es lo más real que existe, la escuela más austera de la vida y el verdadero juicio final». Otra de sus grandes epifanías es que la vida por sí sola es una obra de arte; cada una de las criaturas de la naturaleza, por la disposición de sus engranajes y su funcionamiento, incluidas sus contradicciones e inconsistencias, constituyen mecanismos perfectos. Al ser el arte la respuesta al tiempo insuflador, y demoledor simultáneamente, de vida, somos nosotros origen, contenido y fin de la obra de arte; en otras palabras, el artista se nutre de sí mismo: de nadie y de nada más: «Yo había llegado, pues, a la conclusión de que no somos en modo alguno libres ante la obra de arte, de que no la hacemos a nuestra guisa, sino que, preexistente en nosotros, tenemos que descubrirla, a la vez porque es necesaria y oculta, y como lo haríamos tratándose de una ley de la naturaleza». Es decir, el artista no debe buscar la obra fuera de él. Desde esta perspectiva, À la recherche… es enunciado y enunciación de su poética novelesca, uno de los pocos libros-mundo que demuestran con su realización su prédica teórica: todo acto, diálogo, escena, narración o reflexión surge de la mente del narrador, a ella remite, a ella vuelve y de ella vuelve a salir.


Pese a que la escritura de Á la recherche… terminó con su vida, Marcel Proust fue un triunfador en toda la extensión de la palabra, pues consiguió lo que pocos autores han logrado: vencer al invencible tiempo. Compruébelo el lector. Abra Á la recherche… y empiece a leer cualquier pasaje, escena, episodio o recuento narrativo, apenas algunas líneas, y tome aire para sentir, primero pulcra, minuciosa, acompañante, vigilante, y muy pronto infatigable, obsesiva, omnipresente, pero al mismo tiempo desmesuradamente lúcida y luminosa, la presencia de su autor. Proust. Marcel. Redivivo.



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